El player value es la métrica agregada de lo que vale un jugador para el operador. No tiene una definición única en el sector: cada compañía la compone con los datos de que dispone y conforme a su propio modelo de monetización, de modo que comparar valores entre operadores carece de sentido sin conocer cómo los calcula cada uno.
Qué la compone
La base es la aportación del jugador al ingreso neto durante un periodo, no la suma de sus depósitos. Del resultado bruto se descuenta lo que el operador gasta en ese jugador concreto: coste de los bonos, comisiones de pago, gravámenes sobre el volumen jugado donde existen y la comisión del afiliado que trajo la cuenta.
- el horizonte de observación, es decir, el periodo sobre el que se mide la aportación;
- el tratamiento de la carga de bonos y del coste de los pagos;
- la imputación de las comisiones de afiliación a un jugador concreto;
- la probabilidad de abandono y la vida residual esperada.
Versión predictiva e histórica
La métrica histórica describe una aportación ya realizada y sirve para cuadrar a posteriori la compra de tráfico. La predictiva estima la aportación futura a partir del comportamiento de los primeros días o semanas: frecuencia de sesión, ritmo de depósitos, respuesta a un bono. Una previsión es tanto más útil cuanto más corta es la ventana en la que se estabiliza, porque las decisiones de compra se toman mucho antes de que una cohorte se amortice.
Dónde falla la métrica
Las distorsiones habituales son promediar sobre una base con distribución muy sesgada, trasladar un modelo de un mercado a otro sin recalibrarlo e ignorar la estacionalidad del calendario deportivo en las apuestas.
La métrica adquiere valor práctico cuando se calcula por cohortes y por fuentes de tráfico, no como una cifra única para toda la cartera.
